En la jornada de Barcelona, la Dra. Laura Rosiñol abordó un tema que a veces se menciona de pasada pero que forma parte esencial de la vida con mieloma: los efectos secundarios del tratamiento.
Su intervención tuvo un enfoque muy práctico. No se trataba solo de enumerar toxicidades, sino de entender que cada familia de fármacos tiene un perfil distinto, que los tratamientos han evolucionado mucho y que, con la llegada de la inmunoterapia avanzada, también han aparecido efectos adversos nuevos que es importante conocer.
Comenzó repasando los tratamientos más clásicos.
Los fármacos alquilantes, como el melfalán o la ciclofosfamida, pueden disminuir los glóbulos blancos y las plaquetas, aumentando el riesgo de infecciones y sangrado. A largo plazo, pueden asociarse a un pequeño riesgo de leucemia secundaria.
La dexametasona, un corticoide ampliamente utilizado, tiene efectos muy conocidos por los pacientes: alteraciones del sueño, cambios de humor, aumento de peso, hiperglucemia y debilidad muscular. Son efectos que no siempre aparecen en una analítica, pero que influyen mucho en la vida diaria.
Después habló de los inhibidores del proteasoma. El bortezomib puede provocar neuropatía periférica, alteraciones digestivas y bajadas de tensión al ponerse de pie. El carfilzomib, en cambio, se asocia más a problemas cardiovasculares como hipertensión o insuficiencia cardíaca. Cada medicamento tiene su perfil propio y eso obliga a adaptar el seguimiento.
La lenalidomida, uno de los fármacos más utilizados, puede producir bajada de defensas, cansancio, diarrea y aumentar el riesgo de trombosis, lo que obliga a utilizar medidas preventivas.
En el caso de los anticuerpos monoclonales como daratumumab o isatuximab, el principal problema son las reacciones infusionales iniciales y un mayor riesgo de infecciones debido a la supresión inmunológica.
Algunos tratamientos más recientes, como selinexor, pueden provocar náuseas importantes y requieren una prevención antiemética intensiva. El belantamab, un anticuerpo conjugado, puede afectar a la córnea y requiere control oftalmológico regular.
Hasta aquí, la toxicidad conocida. Pero la parte más novedosa de la charla fue la relacionada con la inmunoterapia avanzada: las terapias CAR-T y los anticuerpos biespecíficos.
Estas terapias actúan activando el sistema inmunitario contra el mieloma, y precisamente por esa activación pueden producir efectos específicos.

El más conocido es el síndrome de liberación de citoquinas (CRS). Puede provocar fiebre, bajada de tensión y disminución del oxígeno en sangre. Aunque puede asustar, hoy existen protocolos claros de manejo con corticoides, tocilizumab y, si es necesario, ingreso en UCI. En la mayoría de los casos es controlable.
Otro efecto es la toxicidad neurológica inmunitaria (ICANS), que puede manifestarse con desorientación, dificultad para concentrarse o alteraciones en la escritura. También es reversible en la mayoría de casos con tratamiento adecuado.
Se insistió mucho en el riesgo de infecciones, especialmente con algunos biespecíficos dirigidos contra BCMA. Por eso son tan importantes la profilaxis antibiótica, la administración de inmunoglobulinas cuando se necesitan y las vacunas.
Finalmente, mencionó la toxicidad específica de algunos tratamientos como talquetamab (anti-GPRC5D), que puede provocar alteraciones del gusto, problemas cutáneos y pérdida de peso. No siempre son graves desde el punto de vista médico, pero pueden afectar significativamente a la calidad de vida.
El mensaje global fue claro
Los tratamientos del mieloma son cada vez más eficaces, pero requieren vigilancia estrecha. La mayoría de efectos adversos son manejables si se detectan precozmente y si el paciente comunica los síntomas sin minimizarlos.
No se trata solo de tratar la enfermedad, sino de cuidar a la persona que la vive.
Esta parte de la jornada me pareció especialmente importante.
A veces hablamos mucho de respuestas, de remisiones, de nuevas terapias, pero convivir con el mieloma también significa convivir con los efectos secundarios.
Hay que contarlo todo. No restar importancia al cansancio, al insomnio, a la neuropatía, a los cambios de ánimo. Porque la calidad de vida no es un lujo; es parte del tratamiento. A veces nos da miedo hablar de los efctos secundarios porque no queremos que nos quiten ese fármaco que tan bien esta funcionando con el mieloma, pero siempre hay que decirlo porque se puede reducir la dosis o buscar otro mecanismo sustitutivo.
La innovación es emocionante, pero también exige acompañamiento. Y creo que una medicina moderna no solo debe aspirar a controlar la enfermedad, sino a escuchar lo que el paciente vive cada día.
Si aprendemos a hablar abiertamente de los efectos secundarios, estaremos dando un paso más hacia una atención más humana y más completa.

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